Gonzalo Rojas en nuestra región

Fue profesor de la escuela básica Pergue de la isla Puluqui y también del Liceo de Hombres Manuel Montt.

En el poema “Crecimiento de Rodrigo Tomás”, el escritor Gonzalo Rojas dejó plasmado lo que fue su estadía en la isla Puluqui en la comuna de Calbuco, cuando se desempeñó como profesor de castellano en la escuela básica Pergue. Todo esto ocurrió en la década de 1950, y compartió con la conocida profesora, ya fallecida, Rosalia Beca Ojeda.

Pero ello no fue todo, porque el destacado poeta y escritor, también fue profesor de castellano en el Liceo de Hombres Manuel Montt de esta ciudad, actividad que cumplió entre 1957 y 1958, para seguir posteriormente como docente de literatura universal en la Universidad de Concepción.

En el año 1996, Gonzalo Rojas retornó a Puerto Montt, donde entregó una charla referida a la poesía moderna y la evolución de ésta. En esa oportunidad fue invitado por quien era alcalde en esa época Juan Sandoval. Para el ex edil y profesor, “Rojas fue el mejor profesor que haya tenido. Me hizo clases en el liceo de Hombres y después en la Universidad de Concepción. Era una persona tranquila con un conocimiento inmenso”, señaló.

Grabación del poema Crecimiento de Rodrigo Tomás. Voz : Gonzalo Rojas

En la biografía de Gonzalo Rojas «El Volcán y el Sosiego», escrita por Fabienne Bradu, se incluyen algunos párrafos que describen la vida del escritor en la región:

» El poema «Crecimiento de Rodrigo Tomás» ofrece un testimonio cifrado y a la vez fiel de la vida en Puluqui. Gonzalo Rojas viaja a diario a la tierra firme en una de esas lanchas que aseguran la comunicación entre los pedazos del espejo trizado por otro estallido del mundo. Las lanchas no discriminen la carga, que es la vez humana, animal y nutricia. Es preciso viajar recostado sobre lo sacos que ofrecen sus lomos henchidos de harina. Los pasajeros así miran como las nubes se inflan en el cielo. No siempre las travesías son tranquilas y, hasta la protección del Seno, el mar se enfurece contras las pequeñas embarcaciones.

Un día, Gonzalo Rojas viaja a Puerto Montt y se entretiene en quién sabe que asunto; lo cierto es que pierde el último transbordador y pasa la noche en la capital de la Región de Llanquihue. María cree haberlo perdido en el naufragio de otra lancha, que esa noche se anuncia en el noticiero radial, y el espanto incendia de nuevo su cabellera. Cuando a la mañana siguiente el «fantasma» aparece en Puluqui, Gonzalo Rojas sonríe y articula: «vosotros me mirabais como a un naufrago viviente,/ y me dabais el beso de la resurrección y de la gracia» «

Crecimiento de Rodrigo Tomás

Libre y furioso, en ti se repite mi océano orgánico,
hijo de las entrañas de mi bella reinante:
la joven milenaria que nos da este placer de encantarnos
mutuamente, desde hace ya una triple primavera.

¿Cómo reconstruirte si ya estás, oh Rodrigo Tomás,
estirando en furor tu columna, tu impaciencia de ser el monarca?
¿Cómo reconstruirte para mejor hallarte
en tu luz esencial, entre el fulgor de mis pasiones revolcadas,
y esa persecución que va quemando los cabellos de María?

No sé por qué te busco en lo hondo de lo perdido, en esas noches
en que jugué todos mis ímpetus por un espléndido abandono
en poder de las olas lúgubres y sensuales,
a merced de una brisa que me daba a gustar la ilusión del cautiverio,
donde el libertinaje hace su nido.

No. Tu raíz es una estrella más pura que el peligro.
Es el encuentro de dos rayos en lo alto de la tormenta.
Es el hallazgo de la llave que te abrió la existencia y el presidio.

Antes de verte, en nadie vi tus ojos tiránicos.
Sólo las hembras tienen la encarnada visión de su deseo.
Ni pretendí heredero porque fui un poseído de mi propio fantasma.
Hasta que me robé la risa de tu madre para besarla y estremecerla.
A lo largo de un viaje a lo inmediato mío resplandeciente.

Ahora me pregunto cuál será el límite de tu carácter
si tu médula espinal fue la flor de los vagabundos
que seiban con los trenes, sin consultar siquiera el silbato de su azar.
Mordidos por los prejuicios. Curtidos por el viento libre.
¿Si tu madre y tu padre quemaron sus entrañas para salvar tu fuego?

¿Pero qué importa nada si hoy, por último, estás ahí
reunido en materia de encarnación radiante,
oyéndome, entendiéndome, como nadie en este mundo
podrá entender la tempestad de un parto?
-Oh, todos los mundanos te dirán que las pasiones rematan en un beso.

Tu madre y yo dormíamos cuando nos gritaste: «Heme aquí».
«¿Qué esperáis a arrullarme en las ruedas de vuestra fuga?»
¿Qué esperáis a participarme vuestro fuego?
-Yo soy el invitado que aguardábais antes de ser ceniza».

Tu madre y yo dormíamos esa noche en la costa
mientras el mar cantaba para ti desde la profundidad de nuestro sueño,
con furor disonante, arrullando tus pétalos divinos.

Tu alta dinastía se remonta al resplandor de la nieve.
A las noches en que tu madre quería verte tras nuestra única ventana
y allí afuera la nieve era un diálogo ardiente
entre mi desesperación y el bulto vivo que contenía tu relámpago.

Así, tu madre te alumbró frente a esas dignas piedras de Atacama
con toda la entereza de su Escocia durmiendo en su mirada dimanatina.
Te parió allí en la madrugada de Septiembre de un día fabuloso
de la gran guerra mundial en cuyo primer acto yo también fui parido.
Así en la pesadilla de un siniestro espectáculo,
te alumbró con un grito que hizo cantar a las estrellas.

Oh, qué frío tan encendidamente gozoso
el aire de tu aparición en este mundo:
traías tu cabeza como un minero ensangrentado
-harto ya de la obscuridad y la ignominia-:
reclamabas a grandes voces un horizonte de justicia.
Querías descifrarlo todo con tu llanto.

Te di para tu libertad la nieve augusta y el lucero.
Yo fui tu centinela que te veló en el alba.
Aún me veo, como un árbol, respirando para tus nacientes pulmones,
librándote da la persecución y el rapto de las fieras.
Ay, hijo mío de miarrogancia
siempre estaré en la punta de ese paisaje andino
con un cuchillo en cada mano para defenderte y salvarte.

Primogénito mío: tu casa era lo alto de la nieve de Chile.
De la cobriza sierra te bajé hasta las islas polares.
Te quise navegante. Te arranqué de los montes.
Corrimos el desierto, las colinas, los prados,
y entramos a la mar de tus abuelos
por el Reloncaví de perla indescifrable. Nos aislamos. Vivimos en trinidad y espíritu.
El mar cantaba ahora en el huerto de nuestra casa.
Tú respirabas hondo. Jugabas con la arena y la neblina.
Por el Golfo lloraban sirenas en la noche.
Los pescados venían a conversarte en tu lengua primitiva.

Me veo galopando en mi caballo a la siga de las nubes,
remando para dar más brío a los veleros,
cortado en la escotilla de la niebla, durmiendo encima de los sacos.
Junto a corderos tristes, viendo bramar el Este enfurecido.
Pensando en ti, en tu madre, poco antes de morirme.

Cuando llegaba el día, yo saltaba a la arena,
corría por el bosque todavía empapado por la lluvia.
Vosotros me mirabais como a un náufrago viviente
y me dabais el beso de la resurrección y de la gracia.

Oh madera rajada por el hacha. Oh ladrido
del viento sobre el Golfo, todos los días navegado.
Adiós. Ya nos partimos de vosotros, oh peces.
Dadle a Rodrigo Tomás la lucidez de vuestro pensamiento.
Adiós, islas sombrías. Ya el rayo nos está llamando.

Trenes.
Pájaros.
Playas.
Toda la geografía
de Chile para ti, mi hambriento hidalgo.
Mi bien nacido soplo: para ti todo el fuego.
Para ti lo telúrico, lo enardecido. Todo
lo que te haga crecer más lejos que el relámpago.

Tierra para tu sangre. Mar y nieve
para tu entendimiento, y Poesía
para tu lengua.

Oh Rodrigo Tomás: siempre estarás naciendo de cada impulso mío.
De cada espiga de tu madre.

Cuando estemos dormidos para siempre,
oh Rodrigo Tomás: siempre estarás naciendo. Entonces,
no te olvides de gritarnos:
«Heme aquí».
«¿Qué esperáis a arrullarme en las ruedas de vuestra fuga?
¿Qué esperáis a participarme vuestro fuego?
– Yo soy el invitado que aguardábais antes de ser ceniza».

Fuente: https://www.soychile.cl/Puerto-Montt/Cultura/2011/04/25/10647/La-relacion-de-Gonzalo-Rojas-con-Puerto-Montt. Sitio:Soychile.cl

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